—Inmediatamente después el mismo señor infante don Carlos debía pasar al cuartel de guardias y mandar arrestar a todos los individuos poco afectos a Su Majestad y a nuestras ideas.

—¿También eso es fácil y sencillo?

—Déjeme usted seguir. Al mismo tiempo el señor duque del Infantado... bien le conoce usted: ¡qué imponente figura, qué aire marcial! Solo con presentarse inclina los ánimos a la obediencia... pues digo que el señor duque debía marchar en el mismo momento a Leganés a ponerse al frente del batallón de guardias que hay allí.

—Suponga usted que los guardias de Leganés le recibieran a tiros, que también puede ser...

—No es probable que a tan grande prócer y cumplido caballero le faltaran de ese modo... Pero aún resta algo... Excuso decirle a usted que todo debía hacerse en un momento dado.

—Es natural, y en un mismo momento dado también debía hundirse todo. Adelante.

—Se sobrentiende que ese momento había de ser nocturno —contestó el anciano—. Dado el primer golpe, veamos ahora su desarrollo. A las doce en punto, ni minuto más ni minuto menos, debía ponerse en camino para Madrid el batallón de Leganés, entrando en esta corte a las dos. A las tres en punto el regimiento del Príncipe, con cuyo coronel se contaba, debía ocupar todas las puertas de la villa, y a las cinco y media, ni minuto más ni minuto menos, debían las tropas y el pueblo empezar a dar vivas a la religión, al rey, a la patria, y mueras a la Constitución y a los ministros... Luego el plan contenía una multitud de determinaciones, consecuencia natural del triunfo. Debían ordenarse varias cosas, verbigracia: que se celebrase un Concilio nacional... que los cabildos se encargaran otra vez de la administración del Noveno... que hubiese tres días de rogativas... que se rebajase la tercera parte de la contribución... que los gastos de iluminaciones y festejos fueran muy moderados... que los milicianos sirvieran en el ejército ocho años o pagaran veinte mil reales de redención... que se trasladara al obispo de Mallorca... que se imprimieran por cuenta del Estado las cartas del padre Rancio... que el obispo auxiliar, portador del libro de la Constitución del año 20, lo llevase también ahora y con su propia mano se lo diese al verdugo para quemarlo... en fin, ya ve usted que nada faltaba.

—Nada faltaba, a no ser sentido común. ¿Son también obra de usted los papeles El grito de un Español y La papeleta de León?

—En esta misma mesa he escrito parte de ellos —repuso el enfermo con disgusto—. Pero no disputemos ahora sobre la ruindad o excelencia del plan. Yo sigo creyendo que sin los infames sobornos y traiciones que han mediado, nuestra obra nos habría proporcionado un verdadero triunfo. No es posible formar juicio de lo que no ha podido pasar del pensamiento a la irrecusable prueba de los hechos. Lo real, lo positivo, lo que vemos y tocamos, amigo mío, es que yo me encuentro comprometido, expuesto a perder la libertad y quizás la vida, si no hallo un hombre discreto, astuto, hábil y poderoso que me ampare en trance tan aflictivo.

—Pero la corte, esa corte que es la que alienta, paga y sostiene las conspiraciones realistas, no le abandonará a usted...