—¡Ah, señor Monsalud de mis pecados! —exclamó Gil de la Cuadra con amarga tristeza—, la corte, o no puede nada, o teme comprometerse dándome el amparo que de ella he solicitado. Preso don Matías, sin que ni rey ni Roque hayan podido evitarlo; hecha pública la conjuración, no hay ningún prócer ni potentado de Palacio que no proteste de su adhesión al liberalismo. ¡Pecador de mí! ¡Mil veces pecador! La circunstancia de haber sido afrancesado me hace sospechoso a los absolutistas. Esa es mi fatalidad; esa es mi estrella negra; esa es la funesta herencia que me dejó mi esposa. ¡Si viera usted cuántas puertas se han cerrado hoy ante mí! Es particular: de la noche a la mañana ya nadie me conoce. Soy un extraño, un importuno; creen sin duda que les voy a pedir un socorro pecuniario, y me reciben de malísimo talante. La única muestra de benevolencia que he recibido es muy triste, señor Monsalud. Diómela un caballero de Palacio, avisándome hoy el peligro que corro, porque halladas varias cartas y notas mías entre los papeles de Vinuesa, no han de tardar en venir por mí para embaularme en la cárcel, donde, si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura y yo, a no ser que nos cuelguen en la plazuela de la Cebada. ¿No es verdad, señor Monsalud, que debí preferir el tratamiento de los milicianos de La Bañeza?

—¿Espera usted que le prendan? ¿Lo sabe?

—Lo sé.

—Pues en tal caso —dijo Salvador con asombro—, ¿por qué no huye usted? ¿Por qué no se oculta al menos?

—Precisamente de eso quiero hablarle —manifestó Gil de la Cuadra, cayendo de nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salvador le encontrara—. ¡Huir!... creo que no habrá otro remedio.

—Es el más seguro por ahora.

—Mis achaques me hacen de tal modo cobarde, que no acertaré a dar un paso... ¡Si parece que me convierto en un niño!... ¡Cómo se me oprime el corazón!... Luego doy en pensar en la desdichada suerte y desamparo de mi pobre hija... ¿qué será de ella si muero? De tal manera se perturba mi alma y se enflaquece mi razón pensando en esto, que no puedo discurrir los medios de mi fuga o escondite. Piense usted por mí, pues no con otro objeto he solicitado su protección; dígame usted lo que debo hacer... tráceme un plan.

—No solo indicaré lo conveniente, sino que haré cuanto pueda para que usted quede en salvo esta misma noche. Es preciso tomar una resolución pronta. Ánimo, señor Gil; no acobardarse, y triunfaremos.

—¡Oh!, gracias, gracias mil —exclamó el enfermo estrechando las manos de Salvador.

El infeliz conspirador lloraba.