—No perdamos tiempo... Saldremos juntos para que vaya usted más tranquilo —dijo Monsalud, restaurando más a cada palabra la energía moral y física de su vecino—. No carecerá usted de nada.

—¡De nada!... ¡qué bendición de Dios! Usted me devuelve la vida... Yo, que empezaba a carecer de todo, hasta de lo más preciso...

—Este conflicto, amigo don Urbano, es poca cosa. Creo que nadie nos estorbará la fuga. Le llevaré a usted a paraje seguro, donde vivirá tranquilo y oculto hasta que podamos conseguir un sobreseimiento, una absolución... allá lo veremos.

—¡Benditas mil veces sean esa boca y esas manos! —dijo Gil de la Cuadra con emoción profunda—. Usted me salva; yo me arrojo en sus brazos como en una playa hospitalaria, después de ser juguete de las olas... ¿Conque usted, después que me ponga en lugar seguro, conseguirá un sobreseimiento, una absolución?... ¡Cuánto lo agradeceremos mi hija y yo!... Sola, Solita, ¿dónde estás? Ven, corre a abrazar a este caballero.

—Vale más que nos dediquemos sin perder un instante a preparar todo lo necesario... ¿Qué hora es?

—Las once —dijo el anciano levantándose con dificultad—. Me siento mejor; me siento más ligero; se me ha despejado la cabeza; muevo las piernas con flexibilidad; en fin, soy otro... ¿Conque a disponer...?

—Sí, a disponerlo todo. Arregle usted lo que ha de llevar de su casa. Yo me encargo de todo lo demás.

—¡Oh idolatrada hija mía, ya tienes padre otra vez; viviremos tú y yo! —exclamó Gil de la Cuadra con viva excitación de espíritu—. Lo que va a hacer por mí, señor Monsalud, supera a cuanto hicimos por usted en aquel horrendo día. Si consigue ponerme en salvo esta noche, me parecerá que resucito, y el horroroso aspecto de la cárcel dejará de atormentar mi imaginación... Conque apresurémonos. Soledad, hija mía, ven... Una vez que esté libre de las garras de esos infames, fácil le será a usted sacarme del atolladero de la causa. Las sociedades secretas a que usted pertenece lo hacen y deshacen todo. Además, el señor duque del Parque, de quien es usted secretario, administrador o no sé qué, pasa por uno de los hombres de más valimiento que existen en España.

—Antes de media noche estaremos fuera de Madrid —dijo Monsalud haciendo sus cálculos—. No conviene perder tiempo.

—Ese ánimo y decisión me regeneran —dijo Cuadra dando algunos pasos vacilantes por la habitación—. Déjeme usted que antes de ocuparme en los preparativos de la fuga, le dé a usted un abrazo, un estrecho abrazo de amigo... así... Ahora veamos lo que se lleva... ¡Soledad, Solita!