La muchacha apareció de repente, pálida, desconcertada. Su semblante expresaba el terror más vivo, y sus descoloridos labios no acertaban a pronunciar palabra alguna. El padre participó al punto por simpatía natural del pavor de su hija; miró a Monsalud; este formuló con ansiedad una pregunta.
No pudo dar contestación la atribulada niña. Oyéronse terribles golpes que resonaban en la puerta de la casa, haciendo retemblar a esta de los cimientos al tejado... Oyéronse al mismo tiempo pasos de mucha gente, palabras, un rumor soez que llenó de espanto el alma de los tres personajes.
—¡Ahí están! —murmuró con voz tétrica Gil de la Cuadra.
—¡Ahí están! —replicó Monsalud, golpeando el suelo con tanta fuerza que la casa redobló su temblor convulsivo y profundo, como contestando a las llamadas de los polizontes.
V
El amigo de Vinuesa, cayendo en el sillón se oprimió con ambas manos la desnuda calva.
—Se me ha partido el alma... —exclamó sordamente—. Parece que me han arrancado la última raíz de la vida... ¡yo me muero!... ¡Pobre hija mía!...
Solita corrió hacia él. Hija y padre se unieron en estrecho abrazo.
—Ya no hay remedio —dijo el segundo con amargura.
Los golpes se repetían con más fuerza. Salvador, agitado por violenta cólera y despecho, se golpeaba la frente con el puño. En algunos momentos se sentía impulsado a una resolución desesperada; pero tenía demasiado buen sentido para no refrenarse al punto.