—No hay remedio —dijo Cuadra con acento solemne—. Hija mía, oye lo que voy a decirte. ¿Ves este hombre?...
Solita fijó en Monsalud sus ojos llenos de lágrimas.
—Salve usted a mi padre —gritó—. Discurra usted algún medio para ocultarle, para sacarle de la casa sin que esos malditos le vean.
El tétrico silencio del joven indicó claramente que no podía discurrir medio alguno que no fuese una locura.
—No puede ser, no puede ser —dijo el anciano—. ¿Ves este señor? Es el único que puede hacer algo por mí, por nosotros. Mientras vivamos separados, recuérdale un día y otro que tu padre está en la cárcel. Se me figura... se me figura que será un buen hermano para ti.
Los golpes redoblaron. Parecía que cien puños de hierro martillaban la puerta; la campanilla, sin cesar movida, cayó de su sitio.
—Es preciso abrir al instante —manifestó con vivísima agitación Gil de la Cuadra—. Una palabra más, amigo mío, hija de mi alma. Mientras viene de Asturias tu primo Anatolio, que ha de ser, amén de tu marido, tu único amparo después que yo falte, te dejo encomendada a este buen amigo. Él será tu padre y tu hermano. Señor Monsalud, si acepta usted el encargo, me voy más tranquilo a la cárcel, y de allí...
—Acepto —dijo con grave acento el joven—. Solita será mi hermana. Además, juro por todos los santos y por Dios, que es mi padre, que le he de sacar a usted de la cárcel a donde va esta noche.
Los tres se abrazaron sin añadir una palabra más. En el mismo instante, despedazada la puerta de la casa, entró en la estancia un hombre brutal y grosero, uno de estos que no creen representar bien a la autoridad si no la hacen antipática y aborrecible.
—¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cuadra? —dijo mirando alternativamente al joven y al anciano... ¡Ah!, conozco al mozo, que es Monsalud... supongo que Cuadra será el vejete... Véngase usted conmigo a la cárcel de Villa... no, a la de la Corona, porque en aquella no cabe más gente.