—El señor es Gil de la Cuadra —dijo Salvador—. Por el bribón no preguntes, que aquí no hay otro que tú.

Dos, tres, cuatro individuos no menos simpáticos que su lindo jefe, penetraron en la estancia.

—¿Y a esta tortolilla, la llevamos también? —preguntó uno, atreviéndose a poner la mano en el hombro de la joven.

—Para preguntar una estupidez —repuso Monsalud rechazándole violentamente— no se necesita dar coces.

—Juan Violín, no seas bruto —gruñó el jefe—. Deja a esa señorita y alcánzame las esposas.

Gil de la Cuadra, al ver que le iban a atar las manos, huyó despavorido a la pieza inmediata. Siguiéronle todos. Rogole Salvador que se sosegase, no haciendo resistencia a sus bárbaros aprehensores; cedió al fin el anciano, y ofreció sus manos a las argollas de hierro. Abrazole estrechamente Solita, diciendo con lastimeros ayes y lamentos que no se apartaría de él, y fue necesario separarla. En la sala, Gil de la Cuadra, agobiado por la amarga pena, exánime y aturdido, cayó al suelo. Los polizontes tiraron de él como se tira de un perro que se detiene a hociquear en el suelo. Ayudole Salvador a levantarse, y salieron de la casa.

Cuando bajaban la escalera, don Patricio y su hijo salieron a ver la tristísima comitiva, y Fermina Monsalud quiso que Soledad entrase desde luego en su casa. Detuviéronla todos, procurando consolarla; pero ella insistió en bajar, y luchando con todas sus fuerzas, que no eran muchas, procuraba desasirse de los brazos de Sarmiento y doña Fermina.

—Le soltarán pronto... no llore usted, niña —le decía el preceptor—. Este gobierno es como Dios lo ha hecho... no persigue más que a los liberales... ¿Conque el señor Gil de la Cuadra era la mano derecha de don Matías Vinuesa?...

Soledad bajó rápidamente, y tras ella Sarmiento. En la calle arrojose otra vez la joven en brazos de su padre, manifestando inquebrantable resolución de seguirle; pero las fuertes manos de los corchetes la separaron. Gil de la Cuadra, negándose a dar un paso en compañía de la soez cuadrilla, dejose caer en el suelo, y otra vez el egregio polizonte tiró de la soga.

—Tengo sed —dijo el anciano, respirando con ansia.