Delante de él estaba don Patricio, con las manos a la espalda, fijando en el reo una mirada maliciosa y nada compasiva.

—Tengo sed —repitió Gil de la Cuadra.

—Señor Sarmiento—dijo Monsalud vivamente—, en la escuela de usted hay una alcarraza con agua...

—¡Mire usted qué demonches de casualidad! —repuso Sarmiento sin moverse del sitio en que al anciano contemplaba—: se me ha olvidado dónde puse esta tarde la dichosa alcarraza.

—Subiré yo —dijo Soledad procurando sobreponerse a su pena.

—Subiré yo —dijo Monsalud tomándole la delantera con rapidez suma—. Aguarde usted abajo y procure calmar al pobre viejo.

Pocos instantes después, Salvador daba de beber a su amigo.

—La noche está fría —manifestó imperturbable y sin dejar su sonrisa picaresca el gran Sarmiento—; y cuando la noche está fría... y el tiempo fresco... pues... no se tiene sed.

Los polizontes tiraron de la soga, acompañando su movimiento de ese chasquido de lengua que tan bien entienden los animales.

—Ánimo, amigo —le dijo Monsalud—. No olvide usted mi promesa.