Pareció que el infeliz colega de Vinuesa recibía ánimo y vida al oír estas palabras.
—¡Pobre hija mía! —exclamó bebiéndose las lágrimas que copiosamente corrían por sus mejillas.
—Solita es mi hermana —dijo Salvador abrazándola—. Vamos, esto debe acabarse. Se reúne gente.
Cuadra se levantó con dificultad. En su espíritu había seguramente poderoso anhelo de colocarse a la altura de su situación, sofocando la ruin pusilanimidad que le abatía.
—¡Mi hija!... ¡mi pobre hija! —gritó clavando los tristes ojos en el semblante del joven, su vecino.
Con aquella mirada su afligido corazón de padre dijo cuanto las circunstancias exigían que dijera.
Solita perdió el conocimiento. Don Patricio, que estaba a dos pasos de ella, la sostuvo en sus brazos.
—¿En dónde pongo esto? —murmuró festivamente.
—Subiré a Soledad a mi casa —dijo Salvador tomando en brazos a la joven como si fuese un niño—, y después, señor Gil, le acompañaré a usted a la prisión.
Como lo dijo lo hizo, y poco después de media noche todo estaba terminado.