Los masones llamaban al vino pólvora roja, al vaso, cañón, y a los brindis, salvas. No es fácil comprender la misteriosa relación simbólica entre la embriaguez y la artillería.

—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención pasarte a los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para obtener lo que mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo habló mucho de ti, y aun se me figura que te va a sorprender con un buen regalito. Has hecho bien en venir esta noche.

—Lo celebro, porque vengo a pedir.

—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está lista. Ya es hora de empezar la tenida. ¿Y qué pides?

—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál es el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos por conspiraciones absolutistas.

—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo? ¿Hay algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?

—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.

—¿Es rico?

—Es pobre.

—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San Isidro de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere mucho. El duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí se ata, atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos, desatado será... allá arriba. Esta noche, después de la tenida ordinaria, hay tenida de Príncipes del grado 31. Creo que se tratará de cosas muy altas. Si consigues tener de tu parte a Campos...