—En la tenida ordinaria, ¿quién preside esta noche?
—El mismo Campos... Ya comienza a venir gente. Señor Aristogitón, orden y compostura.
Ambos personajes se trasladaron a la sala de Pasos perdidos, donde encontraron a varias personas. La concurrencia aumentaba cada instante con la entrada de nuevos hermanos, entre los cuales los había de todas clases, edades y figuras; muchos militares, aunque sin uniforme, y no pocos clérigos, aunque sin hábitos. El hermano Aristogitón, que por espacio de algunos meses había estado dormido, saludó a sus compañeros de taller. Pasó algún tiempo en animadas conversaciones particulares, hasta que el templo fue descubierto, mejor dicho, se abrió una puertecilla que daba entrada a la logia.
VIII
La logia era un salón cuadrangular, muy mal alumbrado y peor ventilado, de techo plano y no muy alto, de paredes sucias y más parecido a cuadra o almacén que a templo de una religión que dicen tenía entonces en todo el mundo ocho o diez mil logias. En los cuatro testeros, otras tantas palabras de doradas letras indicaban los puntos cardinales, correspondiendo el Oriente a la presidencia, presbiterio, sancta sanctorum, altar mayor o como quiera llamársele, a cuyo sitio, más elevado que el resto del local, se subía por tres escalones. Para que todo se pareciera a un recinto religioso serio, había un doselete de terciopelo, en cuyo centro resplandecía un triangulillo, al cual, para hablar con la menor claridad posible, llamaban ellos Delta. Dentro de él se veían unos garabatos que indicaban el nombre de Dios puesto en hebreo, también para mayor claridad; pero ya es sabido que ningún signo masónico ha de estar al alcance de los tontos. Lo que sí se entendía perfectamente era el sol y la luna, dos caricaturas de aquellos astros pintadas a derecha e izquierda del Delta, o como si dijéramos, al lado del evangelio y al de la epístola.
En igual disposición respecto al presidente estaban los sitios del hermano orador y del secretario. Cierto es que las mesillas de que se servían fueran más útiles teniendo la forma cuadrada; mas era indispensable no abandonar el triangulillo siempre que se pudiera, y por esto las mesas eran de tres picos. También tenían un poco más abajo bufetes tripicos el tesorero y el hospitalario. En el remoto occidente, es decir, junto a la puerta, se elevaban dos columnas rematando en granadas entreabiertas. Una columna tenía la J. y otra la B., letras que al parecer querían decir Juan Bautista, pues también al precursor del Mesías le metieron de cabeza en la heterogénea liturgia masónica, donde los misterios egipcios y mil desabridas fábulas se mezclan gárrulamente con el mosaísmo, el paganismo, la religión cristiana, la revolución inglesa y la filosofía del siglo de Federico. Junto a las columnas se repetían las mesillas triangulares, una para el primer vigilante y otra para el segundo.
El techo no carecía de interés. Por encima del doselete destinado a guarecer la calva del presidente, asomaban unas listas doradas representando los rayos del sol con dudosa fidelidad. En el friso había varios garabatos, obra de indocto pincel, a los cuales se atribuían intenciones de querer expresar los signos del zodiaco; y por debajo de ellos corría, también pintada, una soga, símbolo de unión y fuerza. La estrella pitagórica andaba también de paseo por aquellos altos cielos, testimonio de grandeza del supremo Demiurgos (Dios), y en su centro llevaba la letra G., significando gnos, palabreja que hasta los niños entienden, sin necesidad de aprender, que significa generación. Completaban el sublime ajuar cuatro candelabros con sendas estrellas que en el mundo ordinario llamamos velas, y, por último, la consabida batería de trastos, espada ondulante, compás, escuadra y el ejemplar de los estatutos. No había ventanas, ni más puertas que la de entrada, porque era de rito el ahogarse.
El Venerable o presidente era un hombre como de sesenta años, de agradable y aun hermosa presencia, fisonomía simpática, sonrisa esculpida, más bien de cortesía que de burla. En todo él había marcadísima expresión de contento de la vida, un singular convencimiento de que el mundo era bueno, y si se quiere, de que el Arte-Real era óptimo. Vestía con elegancia, y los atributos y arreos de la masonería, que no tienen comúnmente nada de airosos, le sentaban a maravilla. Había en su bizarra apostura corpulenta cierto aire de obispo, y también algo de hombre de mundo, sin que pudiera adivinarse cómo se verificaba la síntesis de estos dos términos tan diversos.
Aquel personaje, que a pesar de su indudable influjo en los sucesos de su época, ha escapado, por extraño fenómeno, a las fiscalizaciones entrometidas de la Historia, se llamaba don José Campos. Este era su verdadero nombre, y no anagrama impuesto por el novelador para tapar una celebridad; mas no lo busquéis en la Historia, como no sea en algún olvidado y oscuro libro de masones; buscadlo en la Guía de forasteros, porque era director general de Correos.
A pesar de la poca resonancia de su nombre, y de no estar asociado este a ningún mérito político ni oratorio, ni menos a batallas o sediciones, es indudable que el portador de él fue uno de los hombres más importantes del célebre trienio. A él se debió la organización de la masonería en aquel pie de ejército poderoso. Lo que no se comprende fácilmente es la razón de su modestia. Campos no quiso nunca salir de la dirección de Correos, aunque su familiaridad con ministros, generales y consejeros, le ponía en la mejor situación del mundo para satisfacer su vanidad si la hubiera tenido. De las más verosímiles tradiciones masónicas se desprende que el Venerable en cuestión era de los que se agachan para dejar pasar las turbonadas y los pedriscos, conservando siempre el mismo sitio y no dejándose arrastrar por la furia de las pasiones, con lo cual si aparentemente adelantan poco, en realidad salen siempre ganando, y no están sujetos a las caídas y vaivenes de la gente muy visible y talluda. Más hábil vividor no le conocieron los pasados ni conocerán los venideros siglos.