—¿Cercano?
—Muy cercano.
«Quizás sea su padre —dijo para sí—. Estos hijos de nadie se exponen a que de buenas a primeras les salga un padre en cualquier calabozo.»
—¿Se ocupan de esto? ¿Sí o no?
—Nos ocupamos, sí. El castigo de Vinuesa y sus cómplices es una de las cosas que más preocupan a la gente política. No han sido olvidados otros asuntos graves, como la disolución del cuerpo de Guardias; los insultos al rey; las nuevas Cortes, que se abrirán dentro de unos días; la Sociedad de los comuneros, que está metiendo demasiado ruido, y las partidas de guerrilleros que comienzan a aparecer. Es un hormiguero de asuntos graves, que hacen de España un país de delicias.
—Por supuesto, no habrán resuelto nada. Los Maestros sublimes perfectos se parecen al gobierno como una calabaza a otra. Aquí como allí se procede de la misma manera. Habrán decidido que no conviene absolver a Vinuesa, ni tampoco condenarlo; que no conviene castigar a los insultadores del rey, ni tampoco alentarles; que el cuerpo de Guardias está bien disuelto, pero que se debe crear otro; que la mejor manera de acallar el ruido que hacen los comuneros, es alborotar mucho aquí; que las nuevas Cortes no son buenas, pero tampoco malas, y que la política debe ser exaltada para contentar al populacho, y al mismo tiempo despótica para contentar a la corte.
—Atacas el justo medio, que es el arte político por excelencia, bribón —dijo Campos riendo—. ¿Tú qué entiendes de eso? Sin este tira y afloja; sin esta gracia de Dios que consiste en no hacer las cosas por temor de hacerlas a disgusto de Juan o de Pedro, no hay gobierno posible.
—En una palabra, los sublimes no han decidido nada. Ya dijo Voltaire hace muchos años: La masonería no ha hecho nunca nada, ni lo hará. Tenía razón.
—Protesto —gritó Canencia, apartando por un momento su atención de las monedas, de los guarismos y del amigo que con él contaba y escribía—. El buen Arouet no ha dicho semejante cosa. No calumniemos al gran filósofo, señores.
—Quienes le calumnian, querido Sócrates —dijo Campos en un momento de ira—, son los volterianos, que fuera de aquí se fingen beatos para halagar a los curas.