—Pero si halagan a los curas honrados —repuso Canencia volviendo a contar—, no trabajan por la impunidad de los curas absolutistas que escandalizan al país con sus conspiraciones... Cuarenta y cinco reales en medias pesetas.
—Usted, papá Sócrates —dijo Monsalud con mal humor—, reparta el dinero de la Viuda y deje lo demás.
—Volviendo a nuestro asunto, hermano Aristogitón —manifestó Campos—, te conviene mucho no meterte a redentor de cautivos. El Grande Oriente no puede aplacar la efervescencia del pueblo contra Vinuesa, ni absolver a este, aunque hará todo lo posible porque no se le condene a muerte, ni tampoco pondrá en libertad al de Tamajón, ni a tu Gil de la Cuadra, porque si lo hiciera se supondrían complicidades absurdas. Ya sabes lo que es el vulgo... y por más que digan, los gobiernos deben dar algo al señor vulgo en compensación de lo mucho que a todas horas le piden.
—Pues yo me retiro —dijo Monsalud resueltamente.
—Aguarda, torpe, ingrato. Te he dicho que iba a darte una pedrada esta noche.
—No estoy para bromas.
—Vamos, será preciso cogerte con lazo, y luego atarte las manos para que no des bofetadas a tus favorecedores.
Campos sacó del bolsillo un pliego doblado en cuatro.
—Aquí tienes tu destino.
—¿Qué destino? —preguntó el joven con asombro.