—No te hagas el tonto, Salvador, ni vengas acá con ridículas y mentirosas modestias. Con esta clase de latigazos se domestica a las fieras catonianas. Ya se que no te gusta pedir nada; ya sé que te falta boca para proclamar tu horror a los destinos públicos, y censurar la ambición y a los ambiciosos. Todos hacemos lo mismo; pero cuando nos dan algo... lo tomamos.

—Yo no entiendo una palabra de lo que usted me dice.

—Vamos, que no te falta ya más que hacerte anacoreta, y excomulgarme por favorecerte. No tanto, joven modesto. Aquí tengo una credencial de treinta mil reales, una canonjía admirable en la secretaría del Consejo de Indias. Poco trabajo, ninguna responsabilidad. Con los suspiros que otros han exhalado por esta plaza, se podría dar a la vela un navío. El ministro, al dármela esta noche en el capítulo, me dijo que desde que vacó ese puesto, lo han solicitado unos cien o doscientos adictos. Pero yo la había pedido para ti con muchísimo empeño, y el ministro no podía desairarme; el ministro me ha dado la plaza, a pesar de tu irreverente y sacrílego discurso de esta noche.

—Estoy muy agradecido a usted, pero no acepto.

—Es el primer caso que veo en España, querido Salvador —dijo Cicerón con la malicia escéptica que le era habitual—; es el primer caso que veo de un hombre a quien le dan esta bendición de Dios que yo tengo en la mano, y se queda sereno y frío como tú estás ahora. Tú no eres hombre, tú no eres español.

—¿Pero usted por su propia iniciativa ha pedido para mí ese destino, no habiéndolo solicitado yo? —preguntó el joven tratando de averiguar el motivo de aquella protección sospechosa.

—Hombre, la verdad... a mí no se me ocurría tal cosa; pero mi sobrina Andrea, que a todo atiende, que todo lo prevé, que sabe tan bien adivinar las necesidades, me dijo no hace muchos días: «Es una vergüenza que hayan colocado tanta gente inepta, y esté sin destino Salvador Monsalud.» Comprendí que tenía razón, y le contesté que tú nunca habías pedido nada, y que en la casa del señor duque del Parque estabas muy bien... Ella me dio a entender que deseas la plaza.

—¡Yo!

—Tú. Andrea es excelente, es caritativa como ninguna, y estima mucho a todos mis amigos. Me ha dicho que habías estado en casa a verme; que no hallándome, esperaste largo rato; que estabas meditabundo y cariacontecido; que te dio conversación para distraerte; que hablando de cosas de la vida, le diste a entender con frases delicadas y parabólicas que deseabas un buen empleo; en suma, según mi sobrina, tú le rogaste con buenos modos que influyera conmigo para que el Grande Oriente te proporcionara una pingüe colocación.

—¡Qué falsedad!... Pero, ¿lo dice usted seriamente? —preguntó Monsalud con ira.