—Si sigues por esa senda de sentimentalismo —afirmó Campos, dando a Monsalud familiar espaldarazo—, es muy posible, ¡oh joven!, que te pongan entre los sospechosos o poco adictos al sistema.

—Pónganme donde quieran —manifestó Salvador—. Yo sé dónde estoy y conozco bien los sitios y las personas. Desprecio los juicios malignos que aquí o fuera de aquí puedan hacerse de mi conducta.

—Enérgico estás —dijo Cicerón con jovialidad—. Verdad es que quien se ha extralimitado en el templo, bien puede salir de sus casillas en la sacristía.

—¿Qué es eso de sacristía? —indicó Canencia, desperezándose, después de contado el dinero, como hombre que ha terminado un gran trabajo—. No se pongan motes de clerigalla a estos venerables lugares. Esto se llama la Cámara de meditaciones... Cuente usted otra vez lo suyo, señor Regato. Son 836 reales y tres maravedises.

—No vuelvo a ensuciar mis manos en esta inmundicia —dijo Regato—. ¡Válgame Santa Mónica, cuánta calderilla! Parece mentira que una hermandad tan ilustre y a la cual pertenece tanta gente adinerada, no ponga más que estos miserables huevecillos.

—Los gordos son para el hermano Sócrates —dijo Monsalud—. Mire usted, señor Regato, cómo va echando carrillos y rejuveneciéndose el buen masón de Salamanca.

—Cállate, picarillo —repuso Canencia—. Ya sabes que puedo sacarte los colores a la cara siempre que quiera.

—Señal de que tengo vergüenza.

—O de que la tuviste... Pero basta de boberías. Cobre usted, señor Regato, y venga recibo.

—Las cuentas de estos señores —dijo Salvador— son tan embrolladas como las leyes masónicas.