—Es sencillísimo —contestó Regato—. Se me deben 1233 reales. Aquí está mi cuenta... «Por dos calaveras que mandó traer de la bóveda de San Ginés en 6 de noviembre, 42 reales... Por el bordado de cuatro mandiles, 268... Por echar una pieza al sol, 12... Por pintar las llamas, 30... Por una escuadra nueva y siete malletes, 58... Por aguardiente que se dio a los de policía el 5 de enero, 14... Por lo que se repartió cuando tiraron la pedrada al coche de Narices, 410... Por papel de circulares, 60... Por saldo del piquillo que se le debía a Grippini, el cafetero de La Fontana, 140... y así sucesivamente, señores. Total, 1233 reales.» Ahora papá Sócrates ajusta las cuentas de otro modo, y no quiere darme más que 836 reales. Estas mermas son las recompensas de un hombre de bien que consagró su tiempo a ser secretario de la masonería durante cinco meses... ¡Vean ustedes qué pago! Adelanta uno su dinero para que el Orden no carezca de nada, y al pagar... ¡Luego se espantan de que me haya hecho comunero!...
—Bendito don José —dijo vivamente Cicerón—, poco a poco. No nos espantamos de que usted se haya hecho comunero: nos espantamos y nos enojamos de que usted, tan favorecido por este Gran Oriente, prescindiendo de piquillos, alcances y descuentos, fomentara la escisión funesta que acaba de realizarse en la Sociedad; que arrastrara fuera del Orden a esos desgraciados fundadores de la gárrula Comunería, y que ahora, después que forman iglesia aparte, les incite contra nosotros, les predique la anarquía y el desorden, convirtiéndoles en desalmados jacobinos.
—Yo me marché de la masonería —dijo Regato con firmeza—; yo fomenté el cisma; yo contribuí a fundar la Sociedad de los Hijos de Padilla, porque la masonería vino a ser rápidamente una sociedad ñoña y que no sirve para nada, como dijo Voltaire. Yo no oí las verdades amargas que dijo el señor Monsalud esta noche, porque como hermano durmiente a perpetuidad, no puedo pasar de la sacristía ni aun entrar aquí sino recatadamente y a ciertas horas; pero por lo que me contó el señor Canencia, sé que este joven puso el dedo en la llaga. Señores, esto es una farsa; esto no conduce más que a un servilismo no menos infame que el servilismo del año 14. Aquí se hacen los decretos a gusto de dos o tres maestros del grado sublime; aquí se eligen los diputados; aquí no hay otra cosa que los manejos de cuatro fatuos que mandan y a su gusto disponen de todo. No les quiero citar, porque no hay para qué. Pero ellos quieren establecer el gobierno perpetuo de los tibios, y adjudicarse todos los destinos. Esto no puede ser, y no será. Hemos fundado la Comunería para establecer la verdadera libertad, sin boberías de orden y servilismo encubierto; para darle al pueblo su total soberanía, y que se hagan todas las cosas como al santo pueblo le dé la gana; para desenmascarar a tanto pillo farsante, y hacer que obtengan destinos los verdaderos hombres de bien, adictos al sistema. Basta de papeles y comedias bufonas. Nosotros vamos a la verdad, a la realidad. Odio eterno, señores, entre unos y otros; queremos separación eterna, irreconciliable de los que desterraron a nuestro querido héroe, de los que contemporizan con la corte y la Santa Alianza, de los que disuelven el ejército libertador, de los que persiguen a las sociedades patrióticas de La Fontana y La Cruz de Malta, de los que hacen la mamola a los obispos y al Papa, de los que ponen dificultades a la organización de la Milicia nacional; separación eterna de los que en una mano tienen el libro de la Constitución y en otra el cetro de hierro del Rey neto. Este es el Orden de Padilla; esta es la Confederación de Padilla, que hará en España la revolución verdadera, que establecerá el sistema constitucional en toda su pureza, y pondrá fin al reinado de los pillos e hipócritas. El Orden de Padilla derribará al infame ministerio de las páginas y de los hilos antes de ocho días, señores; óiganlo bien, antes de ocho días.
Nadie contestó en los primeros momentos. Cicerón meditaba apoyando su sien en el dedo índice. Canencia sonreía. Monsalud, indiferente a la perorata, se levantó para retirarse.
—¡Gran suerte será para nosotros —dijo al fin Campos— que el señor Regato nos perdone la vida!
—Yo no amenazo. Al contrario, invito a todos los buenos amigos a que se vengan conmigo.
—Es muy cómodo eso —indicó Cicerón—. Vivir con la masonería, cobrar 800 reales por calaveras, remiendos echados al sol y aguardiente dado a la policía, y marcharse después con los comuneros para hacernos la guerra.
—No pueden ustedes acusarme de interesado —dijo Regato, levantándose también para marcharse—. La Comunería es pobre; no da destinos.
—Pero los dará tal vez dentro de ocho días. Ya se puede esperar.
—Antes que se me olvide, señor don José Manuel —dijo el filósofo Canencia, que no se apartaba de lo positivo—. Me han dicho que allá tienen falta de espadas y broqueles. Aquí tenemos algunas piezas de sobra.