—Veo que esto acabará en Rastro —repuso el comunero guardando sus cuartos—. Nosotros usamos espadas de acero, no de latón.

—Pues buen provecho, hombre, buen provecho.

—Para mis amigos soy el mismo de siempre —dijo Regato echándose la capa sobre los hombros—. ¡Quién sabe si...!

—El hermano Sócrates y yo tenemos que ajustar ahora otra especie de cuentas. Buenas noches, señor Regato.

—Yo me retiro también —dijo Monsalud—. Repito lo del destino, señor Marco Tulio. Muchas gracias, muchas gracias por la secretaría; pero que sea para otro.

—Adiós, puerco-espín... Señor Regato, mucho cuidado con ese granuja que sale con usted... Es capaz de hacerse comunero si usted se lo dice tres veces.

Cuando ambos salieron a la calle, el más joven dijo:

—Señor don José Manuel Regato, yo quiero ser comunero.

Uno y otro hablaron breve rato, separándose después.

XI