Seguía viviendo Solita en casa de doña Fermina Monsalud, a donde trasladó el pequeño mueblaje patrimonial; y su bondad y sencillez nativas, así como la gran desgracia que padecía, abriéronle pronto el corazón de la madre y el hijo. Otras personas necesitan largo tiempo y trato para ganarse una amistad profunda; pero Solita a los ocho días ya era de la familia. Durante las largas ausencias de Salvador, que estaba fuera casi todo el día y parte de la noche, la señora mayor y la señorita, sin dejar de la mano una y otra labor de utilidad o entretenimiento, no cesaban de discurrir sobre las probabilidades de que el señor Gil de la Cuadra fuese puesto en libertad; y como el tema las llevaba al áspero terreno de la política, concluían siempre diciendo mil desatinos, que en su buena fe y candor les parecían discretas observaciones o grandiosos descubrimientos.
—Dicen que va a caer el gobierno —indicaba doña Fermina—. Si entran después los que quieren que todo sea libertad y más libertad, no habrá presos.
—Lo que yo creo más probable —respondía Soledad— es que el rey se levante de mal humor cualquier mañanita, y mande a su caballerizo mayor a las Cortes. Desengáñese usted, de ahí viene todo el mal.
Algunos días veían los sucesos con alegres ojos; otros sombríamente y con tristeza.
—Tengo el corazón traspasado —decía Solita dejando caer sus lágrimas sobre la costura—. He cerrado un momento los ojos para rezar, y he visto a mi padre expirando en el calabozo.
—No pienses tonterías —contestaba la Monsalud—. Yo he cerrado también los ojos para rezar, y he visto al señor Gil poniéndose la capa para salir de la cárcel. El mejor día le ves entrar por esa puerta... Mi buen hijo ha tomado con empeño este negocio.
Entraba entonces Salvador fatigado y sombrío, y al punto las dos mujeres clavaban en él la vista para adivinarle los pensamientos antes que los manifestase. Solita se lo comía con los ojos, y había adquirido tal arte para leer en la expresiva fisonomía del joven, que al verle entrar decía para sí: «hoy tenemos malas noticias», o: «hay esperanzas.»
Soledad creía deber suyo pagar con pequeños trabajos y servicios los favores sin cuento que en aquella casa recibía. En un par de días enterose minuciosamente de los hábitos de la familia, y procuraba que su presencia en la humilde vivienda fuera de lo más útil posible. Aguzaba su ingenio para introducir en el cuarto de Salvador refinadas comodidades, previendo cuanto el buen muchacho necesitar pudiera; se le conocía en la cara y en el modo de mirar que no abandonaba un punto la observación cariñosa y vigilante de todo cuanto a su hermano postizo se refiriese.
Separada de su padre y de los parientes maternos, la persona a quien tenía mayor respeto era aquel protector advenedizo en cuyos brazos había caído. Con la madre tenía confianza, con el hijo no. Además de que no osaba entablar conversación con él, fuera de las preguntas propias de las circunstancias, manteníase siempre distante y respetuosa. Salvador, a los pocos días de vida común, la tuteaba. Como pasasen muchos días sin que ella correspondiese a esta familiaridad, él le dijo:
—Cuando el pobre Gil se separó de nosotros, quiso que fuéramos hermanos. Trátame como se tratan los hermanos, y llámame Salvador a secas y tú.