—Me parece que no podré acostumbrarme a eso —respondió la niña ruborizándose.
Contradiciendo su propia opinión, se acostumbró muy pronto.
Cuando el joven dormía, avanzada la mañana, una como divinidad del silencio cuidaba de evitar los más ligeros ruidos de la casa. Cuando volvía muy tarde, las más veces en el último confín de la noche, Solita velaba sin fatiga ni sueño para que no esperase ni un minuto en la puerta, ni le faltara nada al entrar. Nunca se había permitido la más ligera broma con él, ni dejó de emplear, para decirle algo, el tono más comedido y serio. Una noche, sin embargo, le salieron las palabras a la boca con tal ímpetu, que se extralimitó a hablarle así:
—¡Qué tarde has venido esta noche, hermano! Se conoce que tú y tu novia habéis tenido muchas cosas que deciros.
Soledad no comprendía que un hombre trasnochase por otra razón que por estar hablando con su novia.
Acogió Salvador la observación con amable sonrisa. Arrojándose en una silla con muestras de gran cansancio, contempló a su improvisada hermana que estaba ante él sosteniendo una luz, y se fijó más que nunca en las graves imperfecciones de su rostro, no tantas, sin embargo, que disminuyesen el fuerte atractivo simpático que existía en ella, a manera de reflejo o anuncio del alma.
—Solita —le dijo Monsalud riendo—, con esa luz en la mano te me pareces a la Fe iluminando al mundo. Yo he visto en alguna parte una estatua, cuadro o estampita igual a ti en este momento... Dime, hermana, y perdona mi curiosidad: y tú, ¿no tienes novio?
Solita volvió rápidamente la espalda para retirarse; pero arrepentida sin duda, tornó a mirar a su hermano.
—Bien sabes que lo tengo. Mi primo Anatolio...
—¡Ah, ya recuerdo! Tu papá me habló de un primo tuyo, que también será ahora primo mío... Ya recuerdo, sí; el primo Anatolio, que va a ser mi cuñado.