—Justamente. ¿Quieres algo?

—Aguárdate y respóndeme. ¿Quieres mucho a nuestro primo?

—Ya sabes que mi padre ha dispuesto que sea mi marido.

—¿Le has visto alguna vez?

—Cuando éramos niños. Yo no me acuerdo bien cómo es. Mi padre hace poco me solía decir: «Tu primo Anatolio ha de ser a esta fecha un arrogante hombrazo como Salvador el de doña Fermina.»

—Pero no me has dicho si quieres mucho a tu Anatolio.

—Eso no se pregunta. ¿No he de quererle si mi padre me ha mandado que le quiera y me case con él?

—A eso no hay nada que decir, hermana. Cuando te cases y vayas a Asturias, te prometo hacerte una visita: ¿qué te parece?

—Me parece muy bien.

—Y seré padrino de tu boda... y seré padrino de tus niños, de mis sobrinillos.