—Buenas noches, compadre.
Pero esta clase de diálogos eran una excepción. Generalmente, cuando Salvador entraba, Soledad le decía preguntas referentes a la deseada libertad de su padre.
—Hermano —le dijo una noche—, tu cara me anuncia malas noticias: ¿qué hay?
—¿Malas noticias? —repuso el joven dando un suspiro y meditando breve rato—. La verdad, este asunto es difícil. Se sacan piedras del fondo del mar; pero ¿quién saca la pobre víctima que cae en el inmenso fondo de barbarie del populacho?
Solita dio un suspiro y elevó sus expresivos ojos al cielo.
—Pero no hay que desesperar, hermanita —añadió Salvador consolándola—. Cuando yo llegue al último extremo en mis fatigas y empeños por salvar la vida al pobre reo; cuando yo no pueda más, vendrá lo imprevisto, vendrá Dios y lo salvará.
—Según eso, traes malas noticias —dijo Soledad con abatimiento.
—Malas no, regulares. He adelantado algo. Mañana veremos. Conque buenas noches, comadre.
Solita dio otro suspiro y se alejó; pero retrocediendo al instante, hizo esta pregunta:
—¿Y le has visto?