—Todavía no he podido verle. Ponen mil dificultades; pero pienso hacerme amigo de los comuneros, a ver si por este medio...
—Los comuneros... es decir, don Patricio. Dime, hermano, ¿son todos tan tontos y tan crueles como nuestro vecino?
—Allá se le van... Creo que me será fácil ver a tu padre. Descuida, que si no podemos conseguir su absolución, trataremos de arreglarle la escapatoria.
—¡Qué bueno eres, pero qué bueno! —exclamó Sola—. Siempre que te oigo hablar, se me llena el corazón de esperanza, y veo a mi pobre padre libre y feliz. Lo que haces por nosotros, Salvador, es más que cuanto pueden hacer los hombree más generosos. Mucho ha de darte Dios en esta vida o en la otra para poder premiarte.
—Dios no tiene que darme nada, tonta. Esto es una deuda, mejor dicho, aquí hay varias deudas que pesan sobre mi alma. Si salvo a tu padre de la muerte primero, de la cárcel después, sentiré un alivio...
—Ya sé... cuando mis padres marcharon a Francia hace ocho años, ocurrieron cosas terribles.
—Sí, muy terribles. Algunas de ellas no las puedes comprender. Por fortuna tú no estabas allí: te dejaron en La Bañeza.
—Pero todo me lo contó mi madrastra —manifestó Solita con emoción—. La pobre te estimaba mucho, y constantemente hablaba de ti. Hasta en el día de su muerte te nombró varias veces...
Salvador callaba, fijando la vista en el suelo.
—No digas que soy generoso si saco a tu padre de este mal paso —manifestó después de una pausa—. Di más bien que soy un malvado si no le salvo.