—¿Y si es imposible?
—Nada hay imposible —repuso el joven con brío—. Soledad, tendrás padre, tendrás marido... ¿Sabes que conviene escribir a tu primo Anatolio, refiriéndole la situación en que te hallas?
—Como tú quieras —respondió la joven con indiferencia.
—Le escribiré, vendrá, te casarás. Para entonces, vive Dios, o soy digno del desprecio de todos, o estará tu padre libre. Viviréis felices y tranquilos... ¡Oh, qué hermosa familia vamos a tener aquí!... porque supongo que el señor Gil se verá rodeado de nietos dentro de algunos años... ¡Pobre anciano, cómo gozará jugando con los pequeñuelos!... Y ese Anatolio será un buenazo, un corazón de oro... Lo dicho, seré padrino de tus muñecos.
—Buenas noches, compadre. Que duermas bien.
—Buenas noches.
Y al acostarse, a sí mismo se decía:
—¿La ves tan desgraciada, tan pobre, tan sola? Pues con su sencillez, su ignorancia y su Anatolio, será más feliz que tú.
XII
El personaje a quien los de la Acacia daban el nombre de Cicerón, vivía en una hermosa casa a la extremidad de la calle de Don Pedro, junto a las Vistillas. La dirección de Correos, que hoy constituye una posición decente, era en aquellas calendas una verdadera mina, y ahondando en ella, el señor Campos, a pesar de su oscuridad política, había conseguido, manejando cartas, y no de baraja, allegar un capitalejo que en lo sucesivo sirvió de tema de maledicencia al envidioso vulgo. Entró con pie derecho este insigne personaje en la burocracia revolucionaria, por reunir los tres requisitos indispensables para medrar durante aquel período, los cuales eran: haber padecido durante el régimen absoluto, haber intervenido en la mudanza del 20, y estar afiliado en las sociedades secretas.