—Has empezado como un sabio y concluyes como una mula. ¿Qué berenjenal es ese que haces mezclando a los diputados de Roma con los órdenes de arquitectura?... Pues bien, les llamaban tribunos de la plebe. El Senado, aquella pandillita de hombres ambiciosos, que acaparaban los destinos gordos, las superintendencias, las secretarías y, ¿por qué no decirlo?, los ministerios, no querían que Cayo Graco fuese tribuno y estorbaban su elección por medio de intriguillas. ¿Qué habían de querer, si en todas las sesiones de Cortes les ponía de hoja de perejil? No se mordía la lengua el gran patriota, y en plazas y cafés, en el foro y en los pórticos de las iglesias, por doquiera, señores, convocaba al pueblo para enseñarle las doctrinas constitucionales, y condenar la tiranía y los tiranos... Decidme ahora, niño, ¿quién era el cónsul Opimio?

—El cónsul Opimio.

—Muy bien dicho. Un fatuo, un pedante, un cobarde, un servilón, una especie de persa que salía siempre a la calle escoltado por una cohorte de candiotas, o idiotas que es lo mismo, para que los partidarios de Graco no pudieran zurrarle la badana. Decid, niño, ¿cómo se llamaba el amigo de Cayo?

Todas las voces infantiles responden a un tiempo.

—Flaco.

—Ese nombre no se os olvida, picarones, porque os hace reír. Muy bien. Pues sabed que un día los partidarios de Opimio, después del sacrificio, que es, como si dijéramos, al salir de misa de doce, insultaron a los de Graco, los cuales asesinaron a un alguacil, macero, lictor o como quiera llamársele. Viérais allí, cual encrespadas olas de un mar borrascoso, chocar unos y otros, pueblo y tropa, democracia y tiranía, patriotismo y servilismo. La sangre corría por las calles de Roma como corre en la de Coloreros el agua cuando llueve. Se degollaban unos a otros e iban arrojando cabezas al río. Quién gritaba viva la Constitución, quién aclamaba a los cónsules diciendo vivan los verdugos, y hasta los niños pequeñitos tomaban parte en la encarnizada refriega, no de otra manera que los tiernos cachorros del león, cuando se disputan un huesecillo para jugar. Retíranse Graco y Flaco... (Risas en el menudo auditorio.)

—¡Silencio!... ¿Qué importuno y discorde reír es ese? Retíranse Graco y Flaco; van en busca de Rufo... (Nuevas risas.)

—Silencio, digo... o ninguno sale hoy de aquí. ¿Qué risas son esas? Periquito, Chatillo, Roque... ¿no os da vergüenza de profanar este augusto recinto con vuestras ridículas bufonadas?... Orden, compostura, atención, silencio... Pues decía que se retiraron todos al monte Aventino, que era un monte, pues... un monte que se llamaba Aventino. Pero, ¡ay!, los cónsules los cercan; envían numerosa y aguerrida tropa para que a cañonazos los destruyan allí, y tienen que marcharse, señores, al otro lado del Manzanares, o sea el Tíber, que todo viene a ser lo mismo; a un sitio que bien podría nominarse la Fuente de la Teja, y que estaba consagrado a las Furias, o si se quiere con más propiedad, a los demonios. Los partidarios de Graco empiezan a desertar porque el gobierno les ofrece destinos y dinero. ¡Perfidia inaudita, escandalosa traición que no volverá a pasar, yo os lo juro!... Al mismo tiempo, Opimio y sus infames cómplices ofrecen pagar a peso de oro la cabeza del gran tribuno. Este se ve perdido. Dice a su esclavo Filócrates que lo mate. Filócrates vacila... ¡momento de angustia y dolor supremo! Los sicarios llegan; los serviles se acercan rugiendo, cual manada de famélicos lobos. Consérvase sereno y tranquilo Cayo. La fuga le es imposible. Suplica a su esclavo por segunda vez que le dé muerte. Este obedece. Hiérese él mismo con el estilete, que era una pluma de las que empleaba aquella gente para escribir sobre papel de cera, y cae, bañando el suelo con su sangre preciosa. Los del cónsul llegan, córtanle la cabeza y van con ella a pedir el vil premio de su hazaña. Decidme, niño, ¿de qué materia llenaron la cavidad cerebral de la patriótica cabeza para que pesara más y aumentase el valor de tan cruento trofeo?

Todas las voces a un tiempo:

—De plomo.