—Perfectamente. Y pesó diecisiete libras. Ahora... basta de historia romana, y pasemos a la retórica. Ea, niños: divídanse los dos bandos. Roma a la izquierda, Cartago a la derecha. Veremos quién ciñe el lauro de la victoria, y quién muerde el polvo en esta honrosa lid de la retórica.
Gran tumulto. Corren unos a este lado, otros al contrario, y agrúpanse en dos bandos al pie de los estandartes españoles con sendos cartelillos, en uno de los cuales se lee Roma y en otro Cartago. Susurro murmurante, parecido al de las colmenas, precede a las primeras preguntas. Los combatientes esperan con ansia el encuentro inicial, y los juveniles corazones palpitan, vacilando entre el miedo y un honroso tesón.
—Veamos... Comience este pindárico certamen por una proposición máxima. Decid, niño, ¿de cuántas clases son los pensamientos?
—De dos: claros y oscuros.
—Bien por Cartago. A ver, responda ahora la gran Roma. ¿Qué son pensamientos claros?
No se había pronunciado aún la respuesta, cuando oyose gran tumulto en la calle, y una voz gritó en la reja:
—¡Hoy no hay escuela!
Y esta voz se confundió con alaridos de la bulliciosa turba, que corriendo decía:
—¡A Palacio, a Palacio!