En los días que van corriendo para nuestra relación, hacía tres años que Andrea había entablado amistades íntimas con un hombre que cierto día se metió en su casa buscando refugio contra los corchetes que le perseguían. Cómo nacieron y rápidamente tomaron vuelo a manera de incendio estos amores, es cosa que ahora no nos importa; pero la libertad de que disfrutaba Andrea explicaría muchas cosas. Pasaron días, muchos días, y con ellos sucesos buenos y malos que no merecen ser referidos. En 1821, la casualidad, o mejor dicho, la política, juntó en un círculo al amante de Andrea y a Campos: hiciéronse amigos, y cuando este le llevó a su casa no tenía ni vagas sospechas del interés que aquella amistad inspiraba a su sobrina. De este modo, Píramo y Tisbe no tuvieron que horadar paredes para hablarse, y aunque la presencia casi constante del tío les estorbaba, viéndose a menudo aun delante de testigos, tenían medios para preparar sus conferencias reservadas, las cuales no eran ya frecuentes, porque la libertad de Andrea empezaba a disminuir.
El favorecido conocía perfectamente las horas que doña Romualda consagraba a la grave faena diaria de sus devociones, las de oficina y logia para Campos. Aplicando bien la sentencia profundísima de uno de los siete sabios de Grecia, que dijo aprovecha la ocasión, aquel hombre enamorado hasta la ceguera y el aturdimiento entraba en la casa. Estas atrevidas invasiones del templo de un exaltado amor no eran ni podían ser frecuentes, y exigían gran cautela con criados y gente menuda; pero los amantes habían discurrido mil triquiñuelas y contaban con la fiel complicidad de una criada antigua. Su ceguera, con todo, no era tanta, que se ocultase a entrambos la necesidad de poner término a tal género de vida.
XIII
Una mañana, Salvador entró. Como no había temor de sorpresas, Andrea, después de poner en escucha a su criada, según costumbre, abrió al amante las puertas de su habitación.
—Ven aquí —le dijo asomando la linda cara y la mano tras la cortina de la sala donde él esperaba—. Estaremos solos hasta que venga mi tía.
Sentose el tal sin decir nada en un canapé, y Andrea volvió al espejo de donde poco antes se había apartado. Con su preciosa mano se tocaba aquí y allí el recién peinado cabello, dándole la última forma, como artista que remata su obra. Después se puso una flor. Sin retirarse del espejo, porque en él veía la figura del hombre, le habló así:
—¿Qué tienes hoy que estás tan callado?
—Hace pocas noches vi a tu tío. ¿Te lo ha dicho? —contestó Salvador.
—Sí, me contó que te había ofrecido un destino y no lo quisiste. ¡Bonito modo de ser agradecido! —dijo Andrea, moviendo su cabeza ante el espejo—. ¡Qué orgullo!... porque no es más que orgullo.
—Gracias por tu protección.