—¿Qué protección?

—¿No fuiste tú quien dijo a Campos que me proporcionara una posición decente?

—¡Yo! ¿Estás loco? —exclamó Andrea con sorpresa, volviéndose, porque para manifestar cosas importantes no satisface ver la figura del interlocutor reflejada en un espejo.

—No te esfuerces en convencerme de que no fuiste tú —dijo Salvador—. Desde luego comprendí que tu tío me engañaba.

—Seguramente te engañaba. Bien sabes que nunca me atrevo a hablarle de ti; y cuando lo hago, es de la manera más indiferente.

—Extraño que Campos, hombre muy listo, urdiera tan mal su farsa —dijo Salvador—. ¿En qué se funda ese oficioso empeño de favorecerme? No creas, quiere mandarme a América nada menos. Seguramente le estorbo.

—No lo comprendo así. Si quiere favorecerte, es porque te estima —repuso Andrea, volviéndose hacia el espejo.

—¿Tú también? —dijo Monsalud con impaciencia y desasosiego.

—¿Qué es eso de yo también? —indicó la indiana jovialmente.

—Quizás tú puedas explicarme lo que la astucia de Campos no ha dejado entrever.