—Querido, yo no puedo explicarte nada, ¿estamos?... Hoy has pisado mala yerba. Ya veo que no me libraré hoy de un poquillo de mareo. ¿Y por qué? Por la cosa más natural del mundo: porque mi tío ha querido darte una prueba de lo mucho que te aprecia.

—Sería, no muy natural, sino algo natural, esa prueba de estimación, si tu tío, después de ofrecerme el destino, no me hubiera dicho una cosa grave.

—¿Qué cosa?

Salvador la miró con fijeza.

—Me dijo que pensaba casarte.

Como el lector recordará, Campos no había dicho tal cosa; pero el inquieto joven practicaba el aforismo vulgar que ordena decir mentira para sacar verdad.

—¡Ah! —exclamó Andrea riendo—. Eso es lo que traes hoy. Te conozco, tunante. Vienes mascullando esa idea.

Diciendo esto tomó un abanico, y con expresión de graciosísima burla, sonriente la boca, húmedos los ojos, acercose al joven y empezó a darle aire rápidamente.

—¿Estás sofocado?... Aire, aire, no sea que te dé un síncope. Refréscate, hombre... que se te quite eso de la cabeza.

Monsalud le arrebató violentamente el abanico, lanzándolo al aire. El abanico atravesó el recinto de un extremo a otro, abriéndose como un pájaro que extiende las alas.