—¡Qué modo de tratar mis joyas!... Pues me gusta —dijo Andrea corriendo tras el abanico.
Arrodillose para cogerlo del suelo, cerrolo, y empuñándolo a manera de puñal, amenazó a su amante diciéndole:
—Te voy a matar.
Monsalud contemplaba, primero sin enojo, después con gozo, la hermosa figura juguetona y ligera que tenía delante. De súbito Andrea corrió hacia él con los brazos abiertos, y abrazándole el cuello, le apretó fuertemente diciendo:
—Ya me casé, ya me casé, ya me casé.
Repitió esto unas cuarenta veces.
Salvador la obligó a sentarse a su lado.
—A mí se me está preparando una desgracia —le dijo cariñosamente—. Andrea, tengo desde hace muchos días el presentimiento de que esta preciosa cabeza me hará traición. ¿No recuerdas lo que te he dicho tantas veces? Desde que tengo uso de razón no he intentado cosa alguna que haya tenido un desenlace lisonjero para mí. Si alguna vez he conseguido el objeto por mucho tiempo deseado, mi dicha ha sido corta. Siempre que cavilo acerca del resultado de un asunto cualquiera que me intranquiliza, no puedo apartar de mi pensamiento la idea de un éxito desgraciado, y siempre acierto... Tengo la desdicha de no haberme equivocado una sola vez. Yo no sé qué pensar de mí. Si se castigan en la tierra las faltas, las que yo he cometido no corresponden a los golpes que en diversas ocasiones me han venido de arriba. Fui jurado, y cayó José I; tuve amores, y por poco muero en ellos; conspiré, y la conspiración salió mal; dejé de conspirar, y salió bien... en fin, tú sabes mi vida toda y podrás juzgarlo. Si es verdad que los hombres nacen con buena o mala estrella, la que andaba por los cielos el día que yo vine al mundo era la más mala, la más perra de todas.
—Eso que dices, ¿tiene algo que ver con mi casamiento? —preguntole Andrea con malicia.
—Tiene que ver, sí. Te quise y te quiero. Si tú me correspondieras con la fidelidad constante que yo merezco y que me debes... esto sería una suerte, una felicidad, y yo no puedo tener suerte alguna, ni felicidad.