—Tú estás loco —dijo Andrea levantándose pensativa.

—Pues entonces, hoy mismo le diré al gran Cicerón que te adoro...

—Si haces eso, si haces eso... —dijo vivamente Andrea poniéndose pálida—. Pero tú estás loco, Salvador. Mi tío te aprecia mucho, te aprecia muchísimo; pero, ¡ay!, tú no le conoces. Temo cualquier atrocidad si le dices eso.

—Pues no te comprendo. ¿Creerá tu tío que te morirás de hambre en mi casa? ¿Creerá que no vas a tener una posición decorosa?

—No... —dijo Andrea con los ojos fijos en el suelo—; pero mi tío es ambicioso... tú no sabes quién es mi tío... tiene la cabeza llena de vanidades, y yo no sé... Se le figura que yo valgo mucho, que merezco la mano de reyes y emperadores... tonterías.

—Si tú le ayudas, si tú favoreces en él esas ideas, entonces todo se acabó... Yo me voy —dijo Monsalud con repentina cólera.

—Te enfadas contigo mismo —dijo Andrea mirándole con dulces ojos—. Hazme el favor de no ser terrible. Por ahora no le digas nada a mi tío. Ya veremos.

—Campos quiere casarte; piensa en ello, y sin duda ha formado ya su plan. Andrea, tú no quieres decirme la verdad.

—La verdad es que te quiero con toda mi vida —repitió amorosamente la indiana, repitiendo también el abrazo—. Cállate. Haz lo que te mando, y espera.

—¿Crees tú que se puede vivir mucho tiempo de esta manera, a escondidas, ideando mentiras, y con absoluta ignorancia del porvenir?