—Es verdad, no se puede vivir así —repuso Andrea con tristeza.
—No puedes ocultar que te agrada este sistema de vida; que no deseas como yo una paz dichosa al lado de la persona amada. Andrea, en ti ocurre algo. Tú no eres lo que eras; tú has variado mucho; en tu cabeza hay una idea nueva. Recuerdo que hace tiempo deseabas lo que yo te propongo ahora. ¿Crees que podrás engañarme muchos días? O te sacaré la verdad, o te venderás tú misma.
—¿Qué sospechas de mí?
—No lo sé —dijo Monsalud lleno de confusión—. Los que aman no sospechan poco ni mucho: lo sospechan todo de una vez. Cualquier indicio es traición. Andrea, tú no eres la misma; repito que no eres la misma.
La estrechó entre sus brazos, apretándola con una fuerza que más que frenesí de amante parecía el fatal abrazo de Otelo.
—Que me ahogas, tigre —gritó Andrea.
Y entre festivas risas le mordió el brazo. En el mismo instante, de las ropas de la joven cayó una llave, que escurriéndose por la alfombra brilló, al detenerse, sobre el pétalo de una flor pintada.
—¿Qué llave es esta? —preguntó Monsalud, cuya excitación suspicaz le obligaba a fijarse en el más ligero incidente.
—Es la llave de mis secretos.
Salvador, con su perspicacia sutil, creyó ver en el semblante de Andrea ligerísimo indicio de contrariedad.