—¿La llave de tus secretos?
—Sí: dámela —dijo ella apresurándose a recogerla.
—Es la llave de la cajita negra. Se me ha antojado abrirla. ¿Dónde está?
Andrea vaciló un instante. Pareció que meditaba, y que con el pensamiento exploraba todo el interior de la cajita negra antes de entregarla a las pesquisas del receloso amante.
—Ábrela —dijo al fin—. Allí están tus cartas y tu retrato.
—¿Dónde está?
Andrea vaciló otra vez. Al fin, sacando de la cómoda una caja de finísima madera negra, la puso en manos de su cortejo.
—Si encuentras en ella cartas que no sean las tuyas, y un retrato que no sea el tuyo —dijo con gravedad—, puedes matarme. ¿Crees que no hay armas aquí? Mira esto.
Conservando la caja en la mano izquierda, metió la derecha en otro cajón de la cómoda y sacó un puñal. Era un arma preciosa, damasquinada y nielada, con puño berberisco adornado de turquesas.
—Este era de mi padre... ya lo has visto —dijo la indiana riendo—. Está destinado a mi esposo, para que me mate el día que le sea infiel.