Monsalud, poniendo a su lado el arma, tomó la caja y la abrió.

—Mi retrato —dijo sacándolo.

Andrea se apoderó del medallón y lo cubrió de besos.

—Tú sí que no me riñes, tú sí que no dudas de mí —le dijo a la pintura—. Tú sí que eres bueno y cariñoso y pacífico.

—Un paquete de cartas —dijo Salvador Monsalud—. Son las mías.

—Dámelas. Valen más que tú.

Andrea desató el paquete. Varias cartas cayeron al suelo. Al inclinarse para recogerlas, se sentó en una preciosa piel de tigre que cubría en parte la alfombra. Un rayo de sol que por la ventana entraba inundó de luz el pellejo muerto del animal y el cuerpo extraordinariamente vivo de la hermosa americana.

—Venid acá, prendas de mi corazón —exclamó recogiendo los papeles diseminados a su lado y poniéndolos sobre su lindo pecho—. Vosotras sí que sois amables y cariñosas; vosotras no reñís ni amenazáis.

Monsalud, que en el canapé inmediato registraba la cajita, alargó la mano mostrando a Andrea un estuchito abierto.

—¿Quién te ha dado esta joya? —preguntó con calma.