En el estuche brillaba un diamante de gran tamaño. Como al extender la mano entrase en la esfera de rayo del sol, Monsalud parecía estar enseñando una estrella.
—La he comprado yo —repuso Andrea.
—¿Tú? —manifestó Salvador en tono de amarga duda—. Ya sé que tu tío te da de algún tiempo a esta parte bastante dinero para tus vanidades; pero esto es joya cara. ¿Cómo es que siendo tu costumbre consultarme hasta cuando compras una vara de cinta, no me has dicho nada de este despilfarro?
—Pensaba decírtelo hoy —repuso Andrea soportando con heroísmo la mirada penetrante del hombre.
—Entonces lo has comprado ayer.
—Ayer, sí. ¿Eso te sorprende? Ya sabes que me gustan las joyas bonitas... ¿Pero por qué pones esa cara? ¿Qué piensas?
—Pienso que lo que me dices no será tal vez la verdad —afirmó Monsalud severamente.
—¿De modo que yo no puedo comprar un diamante?
—Pero este diamante es muy caro.
—No tanto como crees, niñito —dijo Andrea tomando la sortija y poniéndosela en el dedo—. No es muy fino. ¡Pero qué bonito!