Movía su mano al sol, y los reflejos que partían de ella semejaban hilos de luz, enredándosele en los dedos.
—¿Y este collar de perlas? —preguntó el amante sacando de la caja una magnífica madeja de diez hilos con perlas pequeñas, pero muy iguales—. No dirás que no es fino. Entiendo algo de perlas, y estas son de las mejores.
—Ya lo creo —dijo Andrea, sin dejar su cómodo asiento sobre la piel de tigre, entre cuyos pelos habían vuelto a desparramarse aquí y allí las amorosas cartas—. Buen dinero me ha costado.
Salvador la miró de tal modo, que la indiana no pudo permanecer en silencio. Necesitaba hablar con cháchara festiva para borrar de su rostro todo rasgo que, indicando la presencia de ciertas ideas en su mente, confirmara las sospechas del hombre.
—Veo que estás muy fastidioso —dijo—. Dame acá.
Tomando vivamente el collar, se lo puso.
—¿No es verdad que es precioso? —añadió inclinando la cabeza hasta unir la barba con la garganta, y bajando todo lo posible los ojos para recrearse en la voluptuosa hermosura de su propio seno—. Sostén que no es bonito.
—¿Lo has comprado tú?
—No, que me cayó del cielo. ¿Pues cómo lo tendría si no lo hubiera comprado?...
Monsalud movió la cabeza con triste expresión.