—Vamos, que no se puede tener nada sin tu permiso... Precisamente hoy pensaba hablarte de esas magníficas compras. Mi tío me dio anteayer una gran cantidad: no sé cuánto; mucho, muchísimo dinero. Compré estas joyas a una señora viuda de un intendente... ¡Qué ojos pones! Parece que eres tonto... Sí, señor, las compré con mi dinerito. Me gustan las cosas buenas. También compré en casa del francés de los portales de Bringas una citoyenne preciosísima, y un chal muy rico. ¿Qué tiene usted que decir a eso, señor Majaderito?

Como un pájaro que vuela, corrió a la cómoda y sacó las dos prendas mencionadas. La citoyenne, guarnecida de pieles de armiño, con forro de seda azul y recamada con cordonadura de oro, presentaba rico y lujoso aspecto. El chal era de color de rosa con listas blancas que brillaban como deslumbradora plata. Con esa rapidez de manos que acompaña siempre al instinto del bien parecer, Andrea se puso la citoyenne; después arrojó la citoyenne para ponerse el chal.

—¿Estoy bien?

—Demasiado bien —repuso Monsalud contemplando con arrobamiento la hermosísima figura de la indiana, que volvía la cabeza ante el espejo para verse la espalda.

—Si me lo permite el señor Majaderito —dijo andando hacia él con ademán ceremonioso—, usaré estas prendas que me han costado mi dinero.

Salvador no contestó. Hallábase en un estado de estupor, cercano al embrutecimiento. Andrea se quitó el chal y lo envolvió rápidamente en el cuello de su amante, diciendo:

—¡Te ahorcaré!

Había puesto la rodilla en el canapé, y su cuerpo gravitaba con dulce pesadumbre sobre el pecho y los hombros de Monsalud.

—Andrea —dijo este rechazándola suavemente—, si mintieras, si me engañaras, si estuvieras jugando conmigo, no tendrías perdón de Dios. Quiero creer que no es así. Casi prefiero una ceguera estúpida a perder la idea que tengo de ti.

—Pues si te enfadas —declaró ella con vehemencia—, no quiero el diamante, no quiero el collar, no quiero el chal.