Quitose rápidamente las tres cosas y las arrojó lejos de sí, dando al mismo tiempo con el pie a la citoyenne que estaba en el suelo. Las perlas chocaron contra el cristal de una lámina, y el diamante cayó detrás de la cortina de uno de los balcones, sin producir ruido alguno. Monsalud fue allá.

—Ha caído sobre un ramo de flores —dijo con asombro—. Andrea, ¿quién te ha dado este ramillete?

Señaló el objeto mencionado, que estaba en el suelo junto a los cristales del balcón, dentro de un hermoso búcaro de la Moncloa.

Andrea permaneció breve rato sin contestar.

—¿No te dije que me lo trajo mi tío esta mañana?

—Nada me has dicho. ¡Hermoso ramo! Violetas, pensamientos y rosas tempranas. ¡Qué galante es tu tío!

—¡Si creerás que me pretende por esposa!

—¿Por qué no? —dijo Salvador tomando el ramo y aspirando su delicado aroma—. El señor Campos está todavía en buena edad.

—Pero no quiere hacer el papel de don Bartolo. Dame el ramo. Quisiera que la belleza de tantas flores estuviese en una sola para dártela, y que el olor de todas también en una sola estuviese para que, guardándola siempre, te sirviera de memoria mía.

Dicho esto con voz tierna que sorprendió mucho a su interlocutor, sacó del ramo una rosa para ofrecerla a Monsalud.