—¿Es la primera vez que tu tío te regala flores? —dijo este meditabundo.
—¿No la quieres? ¿No quieres una flor que te doy? Pues toma, toma, toma.
Andrea se había sentado otra vez sobre la piel de tigre, y desbaratando el ramo, cada vez que decía toma, arrojaba una flor a su cortejo, apedreándole de este modo lindamente. Él se las devolvía.
Concluido esto, extendió sus brazos sobre la piel ocultando el rostro entre ellos. Yacía dulcemente contorneada en el suelo, y en ella se enroscaba como una culebra de rosa y plata. El desorden de tal escena era encantador. Las pieles de armiño de la citoyenne, semejantes a copos de nieve, eran hollados por los pies de la preciosa indiana, y las ricas telas y la cordonadura de oro se revolvían entre los pliegues de sus vestidos; las flores aparecían diseminadas en distintos puntos; algunas cayeron sobre las sillas, otras sobre la misma piel de tigre; violetas y jacintos veíanse deshojados y rotos, ya sobre las mismas piernas de Monsalud, ya en los propios rizos del negro pelo de ella. Las perlas extendían diversos circuitos irregulares sobre la alfombra, y el diamante fulguraba sobre el velador como una mirada satisfecha, recreándose en aquel pintoresco y brillante desconcierto.
Uno y otro callaban. Únicamente se oía el ruido que hacía un jilguero en el balcón, escarbando su alpiste y limpiándose después el pico contra los alambres de la jaula. Monsalud, con el codo puesto en uno de los cojines de la cabecera del canapé y la barba en la mano, hallábase en el estado de atonía y silencio que anuncia miradas interiores, u observación de fenómenos propios que impresionan profundamente. Andrea no chistaba. Las elegantes ondulaciones de su cuerpo yacente alterábanse un poco con los movimientos propios de la impaciencia contenida o con los de la respiración. De pronto movió la cabeza: Monsalud se estremeció todo al ver aquel movimiento que le mostró la hermosa fisonomía de la indiana, y sus ojos arrasados en llanto.
—¡Andrea! —exclamó movido de sorpresa y pasión.
La indiana saltó como una ondina, y corriendo a abrazarle, secó sus lágrimas junto a él.
XIV
Cuando la criada les avisó que había peligro, Monsalud pasó a la sala. No era doña Romualda quien venía, sino el mismísimo Campos, acompañado del marqués de Falfán de los Godos.
—¿Has esperado mucho? —preguntole Cicerón—. ¿Y Andreílla, no ha salido a acompañarte?