Salvador, contestando lo que le pareció, estrechaba fríamente la mano del señor Campos y la del marqués.

—Ya sé a lo que vienes —dijo el Sublime perfecto—. Siempre con el tema de ese bribón de Gil de la Cuadra... Ahora quizás sea más fácil. Ya sabes que cae el ministerio.

—¿Es positivo?

—Figúrate que hoy, en la apertura de las Cortes, Su Majestad ha añadido por cuenta propia un parrafillo al discurso de la Corona, en el cual con buenas palabras pone cual no digan dueñas a sus ministros.

—Y en cuanto ha llegado a Palacio le ha faltado tiempo para exonerarles... —dijo Falfán—. Yo me río de las singulares prácticas constitucionales de nuestro soberano.

—Mientras no se sepa quién nos gobernará mañana —añadió Campos—, hay que dejar a un lado todos los negocios pendientes. ¡Oh!, mi buen Aristogitón, no pienses que te olvido. Aunque tú pagas con desaires y un hocico de tres varas los beneficios que se te hacen, ¡qué demonios!, me he propuesto complacerte y lo conseguiré. Encuentro muy meritorio ese interés que tomas por un pobre anciano desvalido. Hay que trabajar, hay que trabajar, granujilla, porque satisfagas tus sentimientos caritativos. Eres todo un hombre de bien...

—Gracias —repuso Salvador caviloso.

—Ya hablaremos, ya hablaremos —dijo Campos—. Ahora tenemos el marqués y yo muchas cosas en qué pensar. Y puesto que te hallamos aquí tan a punto, querido Monsalud, vamos a darte una buena noticia. ¿Se lo digo, señor marqués?

—¿Por qué no? —indicó Falfán de los Godos promulgando el gozo de su alma por medio de sonrisillas y gestos.

—El señor marqués se nos casa —dijo Campos acariciando la espaldas del exento—. Ya supondrás con quién. Con mi sobrina.