Monsalud se quedó blanco y frío. Punzada agudísima hizo estremecer de dolor su corazón. Afortunadamente, la sala estaba oscura, y la emoción del joven, que se esforzaba en disimular, no fue advertida.

—Es un proyecto improvisado sin duda —dijo pasándose la mano por la frente para apartar la negrura que le caía sobre los ojos.

—Ya venimos pensando en esto hace algún tiempo. Pero el señor marqués no ha necesitado hacer grandes esfuerzos para cautivar a la hermosa americanilla.

—Pongamos las cosas en su verdadero lugar —dijo Falfán de los Godos haciendo alarde de buen sentido—. No soy un vejete de comedia, bien lo sabe el amigo Monsalud. Conozco la fecha de mi nacimiento y la desproporción que existe entre mi edad y la de Andrea. Por eso no he caído en la ridiculez de pretender inspirar a la niña una pasión formidable... Verdad es que no soy un mamarracho, y mis cincuenta ofrecen un aspecto tolerable... pero no: nada de pasiones exaltadas. Yo me contento, amigos míos, con haber logrado, como es evidente, inspirar a Andreíta un amor tranquilo y sesudo... pues, sesudo; un amor que a las dulzuras propias de este sentimiento reúna las sabrosas insulseces de la amistad. Me satisface además, completamente, el saber que las primicias sentimentales del corazón de esa tierna criatura van a ser para este goloso, que indudablemente no las merece.

—Eso sí, amigo Falfán —manifestó Campos—: la prenda que se lleva usted excede a todos los elogios. No es porque sea hija de mi querido hermano, ni me ciega el amor de tío que le profeso; pero la verdad por delante: existen pocas muchachas como Andrea. Nada hay que decir de su belleza, que está a la vista de todos; pero, ¿y su talento, y sus virtudes, y su piedad, y su genio manso y apacible, y aquella bondad deliciosa que convida a entregarle el corazón? Un defecto tiene, y por lo mismo que está delante el que va a ser su marido, lo digo... ya hemos hablado de esto el marqués y yo; pero este defecto es de los que dejan de serlo cuando se está en posición holgada y opulenta como la que tendrá la marquesa de Falfán de los Godos... la marquesa, sí, sí: ¿por qué no se ha de decir? He encargado hoy mismo una magnífica palangana de plata con las armas y el hermoso lema Vallifanius Gothorum... pues volviendo al defectillo...

—No hay que fijarse en una inclinación propia del bello sexo, y que frecuentemente adorna a las que han nacido hermosas —dijo el marqués—. ¿No es verdad, querido Aristogitón?

—Seguramente. El señor Campos se refiere a la pasión del lujo, al delirio de las galas y atavíos para realzar la hermosura.

—Andrea se ocupa excesivamente de engalanar su persona —dijo Cicerón—; pero esto, que sería imperdonable en la esposa de un menestral, ¿puede vituperarse en la mujer de un prócer millonario? De ninguna manera.

—Al contrario —indicó Monsalud—, la alta posición exige un esmero constante en la persona, cultivar el lujo, favorecer las artes; con lo cual, una dama elegante da lustre a su marido y a la casa cuyo nombre lleva.

—¡Oh! Ha hablado usted acertadamente —dijo el marqués echándose atrás y dándose golpecitos en la boca con el puño de su bastón.