—¿Pero qué hace esa chiquilla que no viene? —exclamó con impaciencia Campos—. ¡Andrea, Andrea!

Monsalud, ante la anunciada presencia de Andrea, sintió una llama en su pecho. Resolvió esperar.

—Voy a buscarla —dijo Campos—. ¡Vaya, que nos obliga a hacer unas antesalas...!

Cuando el marqués y Salvador se quedaron solos, aquel pegó la hebra, como suele decirse, en la política, espetando a nuestro amigo un trozo literario que bien podría haber pasado por artículo de fondo en las graves columnas de El Universal, órgano entonces de la gente templada. Poca o ninguna atención ponía el angustiado joven a los atildados párrafos y discretas observaciones del marqués, que supo hacer un resumen de la famosa coletilla añadida por el rey a su discurso de apertura en la solemnidad constitucional de aquel día 1.º de marzo de 1821. Emitió después varios juicios, todos muy templados y sesudos, acerca del estado general de la cosa pública, de la caída del ministerio, del conflicto parlamentario que debía suceder al acto imprudente de la Corona; dirigió una ojeada en redondo al inmenso círculo de los sucesos y de las personas, señalando fenómenos desconsoladores, previendo desastres, anunciando terribles hundimientos y naufragios de esa viejísima nave del Estado, en la cual la literatura política de todos los tiempos y lugares ha hecho tantas travesías.

Como se atiende a la lluvia cuando no se piensa salir a la calle, así atendió Monsalud al chubasco verbal del marqués. Dejábale hablar. Al través de aquel nublado, el desairado amante no veía más que el cielo que había perdido. Estaba anonadado cuando regresó Campos. El semblante de este revelaba tristeza y contrariedad.

—¿Qué hay? —le preguntó Falfán.

—Nada, que esa mocosilla se nos ha puesto mala.

—Que vayan a buscar un médico... ¡pronto, un médico! —exclamó con agitación el exento, levantándose y dirigiendo brazo y bastón a oriente y occidente, como general que da órdenes en una batalla.

—No es para tanto.

—¿Puedo pasar a verla?