—Creo que sí —dijo Campos con oficiosa complacencia—. Pero ahora... querrá dormir un rato... Puede usted pasar si gusta al cuarto de Romualda, que acaba de llegar.

Falfán salió.

Al verse solo con Campos, sintió Monsalud que en su pecho nacía uno de esos accesos de coraje que al varón más prudente le impulsan a acciones violentas y brutales. Levantose con los dientes apretados, las manos crispadas...

Campos vio que sobre él caía una tempestad. Cruzando las manos en ademán de súplica, detuvo al joven, diciéndole:

—Monsalud, por tu honor, por tu vida, cálmate... Soy tuyo, soy todo tuyo; te pertenezco. Pídeme lo que quieras. Da por conseguido lo que pretendes. Tu pariente, tu padre o lo que sea, saldrá de la cárcel... pero no hagas escándalos, no me comprometas... por Dios y por la Virgen Santísima, no alces la voz.

Monsalud vaciló un instante, hizo un esfuerzo para dominar su cólera, y después dijo:

—¿A qué tanta farsa? Hablemos con claridad.

—Sí, con claridad —repuso Campos muy agitado—. He descubierto todo. Yo soy aquí el engañado, yo soy aquí el ofendido, porque has infamado mi casa; pero te perdono, te lo perdono todo con tal que te vayas y no vuelvas, con tal que desaparezcas y no existas para mi sobrina... Yo tengo derecho a ello: tendría derecho a quitarte hasta la vida; pero lo pasado, pasado. Vete. Ya sabes que he querido favorecerte: no te quejarás de mí. En cambio te pido que huyas, que desaparezcas, que no existas más para mi sobrina. Si quieres, te lo pediré de rodillas, y será gracioso ver a un Valeroso Príncipe del real secreto de hinojos ante un triste Caballero Kadossch. Vete y búscame lejos de aquí para ponerme a tus órdenes. ¿Quieres que se suelte a todos los reos que hay en Madrid? Se soltarán, se soltarán, con tal que no existas más para Andrea.

—¡Andrea! —exclamó Monsalud procurando traducir en expresiones de desprecio la furia de su alma—. ¡Yo la desprecio como te desprecio a ti, farsante!

Sin oír las palabras que Campos balbucía, el amante engañado salió de la casa.