—¡Y yo —añadió Solita con emoción profunda— también he tenido hoy unas corazonadas!... Anoche soñé que me asomaba al balcón y que veía a mi padre entrando en la calle. El pobrecito me saludaba con la mano, dándose tanta prisa a entrar y subir la escalera, que tropezaba a cada momento.

—Es particular —dijo la madre—. Yo también soñé anoche una cosa parecida.

—Es particular —dijo Monsalud—. Sin duda es esta la casa del sueño. Hace poco me quedé aletargado y soñé...

—¿Que mi padre estaba libre?

—Sí; pero mira de qué modo tan extraño: Yo me dirigía por la calle de la Cabeza a la cárcel de la Corona. Llegué a la puerta y me salió al encuentro, ¿quién creerás que me salió al encuentro?

—¿Un centinela?

—¿Un carcelero?

—Un perro.

—Lo mismo da.

—Un perro, no de tres cabezas, como el del infierno, sino de una sola; pero tan horrible, que su vista me hacía temblar de sobresalto y pavor. Sus ojos despedían fuego, y su espantosa boca, llena de cuajarones de sangre, se abría hasta las orejas dejando ver feroces dientes agudísimos y una lengua que vibraba como hoja de metal. Era la bestia más repugnante y fea que imaginarse puede. Pero lo más raro era que aquel horrendo animal hablaba.