—¿Hablaba?...
—Yo le dije que iba a buscar a un infeliz encerrado en la cárcel. El perro fijó en mí sus ojos de fuego, cuya claridad me llegaba al alma, estremeciéndome todo.
Las dos mujeres se estremecían también, y los ojos de Solita no estaban menos espantados que si tuvieran enfrente al temible can.
—El perro dio un gruñido —continuó Monsalud—, y con su voz, que resonaba como si saliera de honda caverna, me dijo: «Está bien, amigo mío...»
—¡Amigo mío!... Pues no dejaba de ser cortés.
—Está bien, amigo mío —me dijo—; puedes llevarte al preso, con una condición. Ya sabes que yo me alimento de corazones. Dame el tuyo, y hemos concluido...
—¿Y se lo diste?... pero hombre... pero hijo... —gritó doña Fermina con impaciencia.
—Me clavé las uñas en el pecho, apreté fuertemente, metí la mano....
—¡Jesús! —exclamó Solita apartando el rostro.
—Metí la mano, me saqué el corazón y se lo arrojé a la bestia, que con su feroz boca lo cogió en el aire. Entré, y cuando salía, sacando al señor Gil, vi que el perro mascullaba el pedazo de carne, saciándose en él. ¡Ay, cuánto me dolía!