—Cuando me quisiste pegar —repitió Campos con burla—. Después me estuve riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera echado por el balcón; estaba en mi derecho.

—No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente le hubiera roto a usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado. Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.

—Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma, no varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi sobrina...

—Y usted me pone en la calle a un pobre preso, que será ahorcado si las cosas siguen por el camino que llevan.

—Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas interpretaciones. Do ut des.

Campos, como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza. Robespierre[2] subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.

[2] Un gato. Véase La Fontana de Oro.

—No debieras extrañar —añadió— que yo quisiera favorecerte con un buen destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza. De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad, a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.

—Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no pasé de sospechas vagas.

—¡La traición! —dijo Campos con gravedad irónica—. Pero hombre... ¡qué palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella, y más aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre..., ¡ay!, sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa, cuando creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?