—Me doy por conquistado.

—¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con ella como si nunca la hubieras conocido?

—Lo haré.

—¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego que no pueden juntarse?

—Como el agua y el fuego.

—Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerle creer que estás enamorado de otra?

—También.

—Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una salva. Echemos pólvora fulminante en el cañón y disparemos.

Los masones llamaban pólvora fulminante al ron. El cañón y la salva ya sabemos lo que eran.

—¡Fuego! —dijo Monsalud llevando la copa a sus labios.