—¡Fuego! —repitió Campos.
Los del Arte-Real, en sus tenidas de banquetes, pronunciaban esta voz de mando para indicar los brindis.
—¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas —dijo Salvador—, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle a usted? ¿No ha dado su consentimiento?
¡Ah, ah!..., fíate de consentimientos. Dicen que la palabra veleidad es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son veleidosas. Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡Marquesa, ya ves qué pedrada!..., y la muy tonta... Por algo se ha dicho que entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un alfiler.
—Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.
—¡Si es millonario! No va por ahí la corriente —dijo Campos con desaliento—. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de Campos, fecundo en gente sesuda.
—Andrea tiene conciencia: no es una muchacha corrompida —afirmó Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación le producía.
—Qué conciencia ni conciencia... Resabios tontos de su enamoramiento infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca, rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.
—¿Salir?
—A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro. Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de su padre. ¡Ay, qué susto! Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el Werther? Es un Dido macho que se mata por amor.