—No tanto, joven, no tanto. Tú no sabes cuánto se ha alambicado ya en la cuestión de destinos. No se puede estar trasegando la gente todos los días. Lo peor de todo es que hacemos una variación, y al punto nos conquistan los comuneros el nuevo personal. Se varía otra vez, y la defección se repite. Hacemos tercera hornada; pero llega un momento en que no se puede más, porque se acaban los carniceros, panaderos y pasteleros que quieren ser empleados públicos, en las porterías de los ministerios, en cárceles, en correos... Por este camino desaparecerá en Madrid toda la clase menestral.

—Pero los cambios traen numerosas cesantías.

—Pero los cesantes, esos insignes patricios desairados, no quieren volver a las panaderías, carnicerías y molinos de chocolate de donde salieron. Encuentran más fácil encastillarse en las Fortalezas de Padilla, donde, haciendo comedias, se van adiestrando en la oratoria y en el arte de conspirar.

—¿Y cómo viven?

—Ese es el misterio. Lo evidente es que tienen dinero. ¿Ves esa turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza de Palacio, que apedrean las casas de los ministros, que van a cantar coplas indecentes junto a la reja de la prisión de Vinuesa?... Pues todos ellos viven, y viven bien.

—Los ochentines del Pastor harán ese milagro.

—Eso creo yo. Los ochentines...

—Pero contra los ochentines, el gobierno tiene los empleos públicos. Póngame usted en la cárcel de la Corona a un empleado que se preste a favorecer nuestro plan.

—Precisamente hay una vacante. Me he informado hoy.

—Mejor que mejor.