—Evidentísimo. Por consiguiente, amigo Monsalud, no hay que pensar en que el gobierno perdone a ninguno de los que hoy están presos por conspiraciones realistas.

—Serán condenados...

—A muerte. El juez, señor Arias, confiesa privadamente que no halla motivo para tanto; pero la presión popular y la necesidad de hacer un escarmiento, la conveniencia de amedrentar a la corte, levantará el cadalso. Aquí tienes a la señora Libertad en tales trances que no puede pasarse sin el verdugo.

—¿De modo que no hay que soñar con un sobreseimiento?

—Locura. Vinuesa no se escapa de la horca. Los demás serán condenados a presidio... Puesto que no podemos evitar la sentencia, tratemos ahora de salvar a tu hombre. Yo estoy tan comprometido a ello moralmente como tú. Planteemos la cuestión. Primer punto. Todo el personal de la cárcel está en poder de gentuza comunera o milicianos nacionales de los más majaderos.

—Lo sé, y he resuelto hacerme comunero.

—Admirable idea —dijo Campos en tono de lisonja—. Y si procuras retener en la memoria todos los disparates y gansadas de los hijos de Padilla para contármelos, tu idea será sublime.

—Yo iré allá tan solo con el fin de contraer amistades que me sirvan para nuestro objeto.

—Excelente plan. En tanto el Grande Oriente se encarga de hacer en el personal de cárceles alguna variación.

—Cosa facilísima.