—Tampoco.

—Entonces...

—Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea, saldrá de la cárcel.

—¿Cómo?

—Escapándose de ella, lo cual no es fácil; pero sí posible, sobre todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el gobierno suelte la presa absolutista que tiene entre las garras. Es preciso ofrecer un par de víctimas al pueblo, y como no se le puede dar un león, se le da un conejo. Ya sabes que el cura Merino ha hecho la gracia de aparecer en Castilla; el Abuelo ha levantado también una partida cerca de Aranjuez, y Aizquibil recorre con su gente el país de Álava. El Pastor entra también en campaña, y a varios de su partida, que han sido cazados, se les encontraron muchos ochentines de los que acuñó el gobierno hace poco. Estos ochentines se dieron todos a la Casa Real, de modo que no hay duda alguna respecto a la mano que está moviendo esta vil máquina de las partidas.

—El rey.

—Sí, y cuando los ministros le hicieron notar la coincidencia, respondió tranquilamente: «Es muy extraño eso», y no dijo más. La corte trabaja con desesperación por encender la guerra civil, y los curas y los guerrilleros amparados por ella y por las juntas extranjeras, harán un esfuerzo terrible para restablecer el absolutismo. Nos aguarda un porvenir de rosas. Ya sabes lo que significan en nuestro amado país estas dos fuerzas: curas, guerrilleros.

—No tengo ilusiones en ese particular. La estupidez de los liberales, su corrupción y falta de sentido, anuncian a voces que volverá el absolutismo.

—Pues bien: cuando por todas partes no se ven más que peligros; cuando el gobierno se mira amenazado y provocado por los absolutistas, ¿no es natural que si logra poner la mano encima de alguno, apriete y apriete firme hasta ahogarle?

—Es natural. Los pobres gazapos que se han dejado coger pagarán las culpas de los lobos y de la corte, que los azuza.