—Ya lo hallé —exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.
—¿Quién?
—Yo mismo.
—Hombre... la idea no es mala —repuso Campos sonriendo—. Pero la verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.
—¿Y qué me importa?
—El duque del Parque no querrá tener a su servicio a un sota-alcaide.
—Dejaré el servicio del duque del Parque
—¿Pero no se te ocurre otra persona?
—No me fío de nadie. Estoy decidido. Seré sota-alcaide.
—Vas a bregar con la gente más cruel, más perdida y más infame de la sociedad. El personal de cárceles allá se va con el de encarcelados.